Yo mujer...
Si intento hacer memoria me resulta difícil recordar la primera bofetada, el primer insulto, la primera vez que me reconocí humillada... Recuerdo mejor el primer puñetazo, la primera patada o el primer encierro. Pero lo que jamás se borrará de mi memoria, es la primera y última vez que los golpes fueron dirigidos a mis hijos. Me casé joven y como todas, enamorada hasta la enajenación, por eso soy culpable, ahora lo sé... Soy culpable porque me olvidé de mí para basar mi existencia en las necesidades de otra persona, que resultó ser de todo menos persona. Claro que, si echamos una mirada a cómo va la humanidad, él encaja perfectamente con sus actitudes violentas, intransigentes, racistas, machistas... Durante la luna de miel dejó asomar algunos rasgos de su carácter, pero el amor que sentía por ese monstruo eclipsó todo le demás, estaba cegada... Empezó a dominarme nada mas instalarnos en nuestro” hogar, dulce hogar”. Primero con las tareas domésticas: tenía que hacerlas de acuerdo a su planing y a sus especificaciones, su orden. Después llegó la dosificación telefónica: no podía llamar a nadie y menos a mis amistades. A mi familia podía llamarla, pero sólo cuando él estuviera presente y debía colgar cuando él me indicaba. Por supuesto que no iba a volver a trabajar, con su sueldo era suficiente, no había necesidad... Además, una mujer que se precie se queda en casa para atender a su marido, como buena esposa servicial y atenta. En algún momento empezaron las amenazas, el no salir de casa sin él, me resulta difícil recordar la primera bofetada, el primer insulto... Mi primer hijo tenía a penas dos meses, una noche llegó de trabajar y yo aún no había terminado de preparar la cena. La mesa estaba puesta... el bebé dormía. No había terminado de quitarse los zapatos cuando se dio cuenta del retraso... Empezó a insultarme a gritos, tiró del mantel cayendo todo al suelo, y después me cogió de los pelos, me arrastró y sin soltarme me obligó a recoger los cristales con las manos. Hasta que no quedó un solo trozo no me soltó. Mis manos sangraban y la sangre se mezclaba con mis lágrimas, que no dejaban de caer. Si.... si. Creo que esta vez fue la primera. Después de lavarme le serví la cena y le pedí permiso para volver a dormir al bebé que lloraba desgañitándose. No llevaba ni dos minutos en la habitación cuando me exigió que volviese al salón. Recogí la mesa y le pregunté si quería algo de postre, ¡maldila la hora! Me tiró en el sillón y me arrancó las bragas entre frases pasionales, entre perdones y te quieros... me dijo que era la única mujer a la que podría amar en su vida... Lloré y el besó mis lágrimas. Y le creí y le seguí amando. A partir de ahí se alternaban los días de amante esposo con las horas de violencia desmedida, sin sentido, sin razón. ¿Alguna vez la violencia es razonable? A partir de ahí se empezaron a espaciar las visitas a la familia si los hematomas eran difíciles de ocultar... ¿Alguna vez la violencia es razonable? Los puñetazos, las patadas... Jamás se borrará de mi memoria... Estaba embarazada de mi segundo hijo, de seis meses, el mayor tenía dos años, y mi madre vino a echarme una mano en casa. Me notó nerviosa, claro que yo no dejaba de mirar el reloj y me preguntó si estaba bien. Por supuesto que todo iba bien, pero se acercaba la hora de la cena y él iba a llegar en menos de media hora... Desde que supimos que estaba embarazada no me había puesto la mano encima. Yo no quería otro hijo, pero él se puso muy contento con la noticia, y ahora debía agradecerle a mi futuro hijo unos meses sin hematomas, sin heridas, sin dolor... Todo eran mimos, delicadezas, ternuras. Pero... el temor estaba ahí, siempre estaba ahí... Le pedí a mi madre que se marchara, que ya era tarde... solo una madre sabe sin que se le diga nada. Me dio un abrazo que me partió el alma, y con los ojos ahogados en lágrimas me dijo: coge al niño y vente a casa. ¿Cómo iba a marcharme? El me buscaría y serían más los que tendrían que sufrir. No podía hacerle eso a mis padres... La acompañé hasta la puerta y allí estaba él, con las llaves en la mano. Fue encantador, como siempre, incluso se ofreció a acompañar a mi madre a su casa. Por supuesto ella declinó el favor y se marchó con una mirada... Se tomó su tiempo, cenó tranquilo sin mirarme una sola vez, menos aún dirigirme la palabra. Después se marchó a dar un paseo “para calmarse”... eso esperaba yo, que se calmara porque la tensión que se respiraba hacía sangre. No había pasado ni un minuto, volvió a entrar con la cara desencajada, incluso podía oir como le rechinaban los dientes al apretarlos con rabia. Me cogió en el sillón a puñetazos y a patadas. Yo cubría mi tripa con los brazos pero me era imposible parar los golpes. Solo podía pensar: el bebé, el bebé, el bebé...Me tiró al suelo entre golpes e insultos. Las patadas empezaron a turnarse entre la cabeza y la barriga, el bebé...Tendida intentaba arrastrarme... Ya no salían gritos o súplicas de mi boca, el único esfuerzo era para huir. Me arrastré hacia la puerta del cuarto de baño, él siguiéndome sin parar de soltar su ira, y entonces escuché llorar al niño. Al niño no, a mi hijo no. Me levanté, no sé cómo, corrí hacia el cuarto, cogí a mi hijo y me acerqué a la ventana. Sólo lo dije una vez: ¡no te acerques o nos tiramos!, no hará falta que te esfuerces más en acabar con nosotros, yo lo haré por ti, para que veas cuanto te quiero, porque yo sé que lo haces porque nos amas... Te demostraré que yo también te amo. Empecé a subirme a la ventana, me quedé sentada a caballo en el marco, con mi hijo en la cadera por fuera de la ventana. El estaba con los ojos desorbitados, ¿asustado? Se hincó de rodillas pidiéndome perdón, rogándome que no lo hiciera... Esa noche esperé en el cuarto del niño hasta que él se durmió. No puedo mas, me voy. Cogí los abrigos, el bolso y salí de allí, llorando, riendo, temblando, abrazando a mi niño hasta casi asfixiarle, salí de allí. Fui al hospital, comprobé que el bebé estaba bien. No puedo mas, me voy. Puse una denuncia, la primera y definitiva. Tras casi cinco años... Ya no tengo miedo a su llegada a casa, ahora me enfrento a un miedo mayor: su venganza. Desde el día que nos encontramos adquirí una condena de terror, no hay justicia ni humana ni divina que me libre de él. Solo me queda luchar por educar a mis hijos como personas tolerantes y respetuosas. Mientras, yo... miro mi espalda y la de mis hijos.
P.D.: Monólogo que escribí para una obra de teatro sobre mujeres (a petición de mi prima actriz, que ya os comenté hace tiempo). Se estrenó en Melilla http://www.elfaroceutamelilla.es/content/view/8539/71/ . En fin no soy yo pero sé de lo que hablo.












supernova dijo
Tesoro....se me pone la piel de gallina acda vez que la leo....
...NO SOMOS LA PERTENENCIA DE NADIE!!!!!!!!!!
MISERABLES LO QUE PUEDAN HACER ESO....GRRRRRRRRRRRRRR!
DESGRACIADAMENTE....SÉ LO Q ES QUE TE BLOQUEEN MENTALNENTE.....ASCO DE CEGEURA!!!!!!!!!!!!!
OLE, OLE Y OLE POR TI :-)
BESAZOS MIL!
12 Abril 2008 | 09:22 PM