Recorrido
Son las diez de la noche y espero en la marquesina con un frío húmedo que se agarra a los huesos. Subo el cuello del abrigo y le doy otra vuelta a la bufanda para sujetarlo y tapar las orejas; las manos dentro de las mangas y metidas en los bolsillos; turno los pies para soportar la espera sin tirones y poco a poco inicio un baile discreto que espabile el riego hasta los dedos y me caliente... Solo hay dos personas más esperando el autobus: una joven que habla a gritos con su móvil rosa y un señor de pelo cano que fuma sin parar mientras pasea arriba y abajo malhumorado. Hemos visto pasar dos autobuses "fuera de servicio" y otros dos que se dirigían a otro destino; el nuestro no llega y cada vez hace más frío. Si aún existiera el banco de la parada podría sentarme y desentumecer mis pies, pero a falta de banco, paseo y taconeo mientras escondo la nariz en la bufanda respirando mi calor. Es la primera vez que salgo sola. Nadie me espera al final del recorrido. Me estoy poniendo a prueba...
Por fin llega el autobús y parece que los tres nos colamos, pero cedemos la entrada sin palabras. Me siento como siempre en el sillón de pasillo, el de ventanilla me deja encerrada, me agobia.
Al otro lado, una fila por delante, un joven va sentado en la ventanilla, inquieto, nervioso, no para de apretar y soltar la mandíbula mientras teclea notas imaginarias con los dedos en el asiento. Lleva guantes de piel negros y cazadora marrón, también de piel. Solo de mirarle me pongo nerviosa, empatizo con cualquier ser vivo que se me acerque. Decido mirar la carretera y la caravana que nos tiene detenidos desde hace minutos... Un sonido muy peculiar me devuelve del ensimismamiento, oigo cartas que se barajan con profesionalidad, con ritmo. El joven se ha quitado los guantes y baraja ágilmente. Tiene las manos grandes, finos y largos dedos que observa con interés cada vez que saca una carta. Le imagino en una sala haciendo trucos de magia, lanzando cartas, adivinando tras barajar la carta que escondo...
Noto que cada vez se pone más nervioso, otea la carrtera entre los asientos y suspira. Entonces se le caen unas cuantas cartas, dos o tres, no puedo verlas desde mi asiento, y maldice entre dientes mientras sus largos dedos las recogen para seguir barajando. Intento distraerme con la canción que suena en la radio del autobús pero sus incesantes movimientos me lo impiden. Escucho el sonido de un móvil y después la voz chillona de la marquesina... No sé por qué se nos olvida cuando tenemos el teléfono en la oreja, que el resto de los ocupantes del bús parece ser invitado a la conversación y a mí en este momento me apetece decirle a la chica del móvil rosa cuatro verdades y dos sugerencias sobre educación y respeto. Por fin entramos en el intercambiador y los nervios se enquistan en la boca de mi estómago. No sé dónde iré porque siempre que salgo me llevan a los sitios y nunca me aprendo direcciones ni nombres... Pero me da igual, pienso meterme en todas partes, sóla y no regresar hasta haber superado mi prueba.
Hace años, tras una depresión de la que no veía cómo salir (por supuesto que los fármacos "ayudan" pero NO gracias...), tomé la difícil y firme decisión de salir, sóla, a encontrarme... Los amig@s estaban missing y la soledad era tan grande que solo se me ocurrió mezclarme entre la gente... Y cuántos sólos encontré! Eramos muchos y con un par de frases depués de un saludo, nos sentimos acompañados.







sinperdon dijo
A veces no hace faltar estar rodeado de gente para sentirse acompañado o por el contrario, por mucha gente alrededor que haya, sentimos la más profunda y aislada soledad.
Hoy por ejemplo, siento soledad. Aunque haya quedado.
24 Noviembre 2007 | 09:50 PM