69 ... y FIN.
Cuando llegamos al castillo escondí mi rostro en su hombro, no debía ser reconocida. Olía a heno, a miel y a él, después del esfuerzo de cargar conmigo.Me subió hasta una de las habitaciones y con delicadeza me dejó sobre la cama. Ardía en deseos de hablarle, pero él se mantenía distante. A los pocos minutos entraron en tropel las doncellas, dispuestas a arreglarme. Una de ellas no podía contener la risa y fue regañada por la más mayor. Me dieron un baño, curaron mis heridas y me vistieron, sin ellas saberlo, acorde a mi rango. Fuí disculpada de asistir a la cena en el salón, pero moría de ganas por bajar. Esperé unos minutos después de salir el servicio y abrí la puerta. En el corredor no había nadie. Cerré con cuidado y avancé pegada al muro.Recogí un poco mi vestido para no tropezar y empecé a bajar las escaleras. Según me acercaba escuché voces, alguien discutía acaloradamente. La voz más grave reprendía por insensatez al más joven, de voz aterciopelada. Reconocí enseguida esa voz, su voz. Deseaba permanecer escondida pero oí pisadas tras de mí y tuve que terminar de bajar las escaleras, lo que me introdujo de lleno en el salón. Antes de que se percataran de mi presencia logré escuchar una frase muy interesante. El hombre mayor decía: "Por una tarde de viento y unos cuantos destrozos no debemos enemistarnos, sería contraproducente, y más sabiendo que necesitamos aliarnos con todos los leales al rey para defender la corona". Esa frase me abrió los ojos. Había sido el viento quién destrozó nuestro escudo familiar. Debía hacer algo, de inmediato. Avancé despacio hasta el centro del salón. Me incliné en un saludo cortés, pero sin dejar de mirar a los ojos al Señor del castillo. Era superior a mí el no rendir cuentas a nadie más que a mi madre (lo siento por mi padre). A veces cuando me comportaba así mi madre me decía: "Hija mía no eres de este tiempo", y sinceramente, yo no entendía nada. Lo único que quería era llamar su atención. Podía ser joven pero no estúpida. En fin, a lo que íbamos, ...
Pasados unos segundos en silencio, por de más tensos, el Señor me indicó que tomara asiento. El caballero hizo lo propio y empezó una conversación bastante confusa, sí quereís mi opinión.
Señor: Y vos muchacha de dónde venís? Os perdisteís? Mi hijo dice que os encontró en el monte rodando. Suerte tuvisteís de que estuviera por allí. Aunque saliera sin consultarmelo.
Esto último lo djo frunciendo el ceño.
Mientras me hacía estas preguntas yo solo pensaba en dos palabras "mi hijo". Es decir, que no era un caballero cualquiera.Estaba tan absorta en mis pensamientos (que no son como para reproducirlos aqui), que el Señor chascó los dedos para llamar mi atención, justo delante de mi cara. Poco tiempo tuve para preparar mis respuestas y esto es lo único que se me ocurrió: Fuisteís muy amable caballero (y mis ojos se encendieron al mirarle), y usted Señor, por acogerme en su castillo y curar mis heridas, (de nuevo le hice un saludo cortés sin dejar de mirarle). Salí sin permiso del castillo de mi padre, al otro lado del monte, para hablar con vos e intentar frenar esta confusión, que de otro modo, no sé a dónde nos llevaría.
Me interrumpió al instante, desconcertado pero firme dijo:
Vos al igual que mi hijo os habeís aventurado en medio de la noche, sin permiso, para solucionar asuntos que no os competen. Subid a vuestros aposentos, descansad, y mañana iremos los tres a hablar con vuestro padre.
No pude poner objección alguna, me levanté, me despedí con una reverencia y un buenas noches y comencé a subir las escaleras.
El caballero me alcanzó en el corredor. Se paró frente a mí con una sonrisa que iluminaba todo su rostro (mi cuerpo temblaba y mí cara me delataba), y cogiéndome la mano dijo: Vos sois aún más inconsciente que yo, siendo una dama no debisteís salir sóla, os podría haber sucedido algo malo, de haber sido otro quién os encontrara... Me sonrojé de tal modo que las mejillas me ardían y él sonrió. Nos despedimos y la noche para mí fué larga, muy larga.
A la mañana siguiente llegamos al castillo para hablar con mi padre. Toda la familia y los consejeros, caballeros y guardia reunidos en el salón. Cruzaron saludos, bebieron mientras charlaban animosamente y de aquella reunión salieron varios pactos:
1.- La paz sería duradera entre ambos castillos.
2.- Firmaron una alianza para defender los derechos del rey.
3.- Se acordó nuestro matrimonio y por una vez, solo por esta vez no hubo interrupción por mi parte. A todo asentí encantada.
Y vivieron felices para siempre... o no?
Bueno pero esa es otra historia.







xikita dijo
bienn!!!!!!!no esperaba un menos d esta historia..ojala estas cosas pasaran en la realidad..encontrar la paz d manos d tu principe, q tierno.
16 Mayo 2007 | 10:13 AM