69...y pico
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Me disfracé con las ropas de mi doncella, me cubrí con una capa vieja y bajé hasta las cocinas pegandome a los muros, esquivando a los guardias. Realmente no tenía claro lo que iba a hacer, pero me bastaba con la sensación de estar haciendo algo prohibido. Atravesé los huertos corriendo y al llegar a los jardines me quedé agachada detrás de la fuente, escuchando por sí alguien me echaba en falta y gritaba mi nombre. El corazón se me salía del pecho más por la excitación que por la carrera. Ahora solo me quedaba correr hasta el muro y reptar por un hueco entre la hiedra. Una vez fuera me quedé pegada al muro estudiando cómo cruzar el puente sin ser vista por los guardias de la puerta. Iba a ser imposible, me darían el alto y mi padre me casaría en menos de una semana. Estaba bastante harto de mis desobediencias. Recuerdo cuando me enseñaba a montar a caballo, y yo me empeñaba en montar como los hombres. Acabó atandome las piernas a la altura de las rodillas para que no pudiera abrirlas. Bueno, estaba claro, debía cruzar el río por debajo del puente. Una vez me situé debajo, me quité la ropa, la envolví con la capa, y con los brazos en alto, comencé a cruzar. El agua estaba helada, pero debía cruzar despacio para no alertar a los guardias. Cuando alcancé la otra orilla, mis dientes reproducían el sonido de las cigüeñas (tacatacatacataca). Sequé como pude mi cuerpo con la capa y me vestí. Tenía un buen trecho hasta el monte Verdeazulado y después un tramo más corto hasta el castillo. Decidí salirme del camino por sí alguien se acercaba a caballo. Estaba un poco asustada. Conforme avanzaba alumbrada por la luna la excitación se disipaba y una sensación de angustia se abría paso por mi estómago. Apreté el paso, se puede decir que corría como sí me estuvieran persiguiendo. Había dejado de ser divertido. De repente, casí cuando alcanzaba la cima, oí un ruido, después un gemido y luego silencio. Me escondí destrás de unas rocas y esperé conteniendo la respiración. Frente a mí apareció un joven apuesto, alto y fuerte, vestido con ropas de caballero. Casi no podía distinguir su rostro, pero escuché su voz, estaba maldiciendo mientras se palpaba la rodilla. Me gustó su voz y me entraron unas ganas irrefrenables de salir de mi escondite y presentarme como la hija de mi padre. Entonces recordé las ropas que llevaba puestas (de doncella) y me quedé dónde estaba. El caballero siguió su camino entre maldiciones y yo seguí el mío. No había dado ni tres pasos cuando me escurrí y entre gritos caí rodando ladera abajo. El caballero apareció al instante intentando sin éxito frenar mi descenso. Aterricé boca abajo. Toda la ropa revuelta y rasgada, el pelo enmarañado. Tenía algunos cortes por los brazos, la cara y las piernas. El caballero se inclinó sobre mí y mirandome a los ojos dijo: "Se encuentra bien? Pero dígame, qué hace una muchacha sóla caminando a estas horas por el monte?" Yo no podía contestar, entre el dolor que tenía por todo el cuerpo y los intensos ojos azules que me miraban sin pestañear. Solo se me ocurrió usar las armas de mujer que tenía a mi alcance: fingí un desmayo.
Continuará...







Trasto dijo
¡Esto tiene pinta de relato concursil!
¿Si?
Me reservas el siguiente capítulo. Pasaré a recogerlo en cuanto pueda.
Besos
12 Mayo 2007 | 08:45 PM